Renuncié a mi trabajo para ser feliz.

Podría estar ganando $40000 (pesos argentinos) por mes, tendría una casa propia y un auto de último modelo, si no hubiera ocurrido que renuncié a mi trabajo hace casi dos años para viajar y no tener nada. 

 

Está tan instaurado el lema de: tener una casa propia, un auto de último modelo y ahorros (por las dudas de que me pase algo), que aún siendo consciente de que soy más feliz ahora que cuando trabajaba, cuando pienso en todo lo que tendría si no hubiera renunciado algo de ruido me sigue haciendo.

Y no tengo mejor prueba que comparar mi día a día de cuando trabajaba (lo vacía que me sentía a pesar de estar llena en cuanto a lo material), y mi vida de ahora que me levanto y acuesto feliz.

No todo es color de rosas por supuesto, pero si hago un balance, en mi vida de trabajadora estaba 80% mal insatisfecha y el resto bien, y ahora es al revés 80% bien y el 20% con algún manifiesto histérico.

Estudié farmacia y tuve la suerte (o no) de que no tuve que buscar trabajo, el trabajo llegó a mí.

No sólo eso sino que con el puesto más alto y un buen sueldo. Obviamente que el trabajo lo tomé, al principio estaba muy entusiasmada trabajando de lo que había estudiado y poniendo en práctica eso que fue teoría durante 6 años.

Mi sueño era comprarme un auto para tener “libertad de viajar”, y así fue como me compré el auto casi al mes de trabajar. De mi auto me enamoré, lo miraba y estaba orgullosa de tenerlo, pero claro, no tenía ni tiempo ni “libertad de viajar” porque tenía que trabajar para pagarlo.

Pasó el entusiasmo del auto, aunque seguía enamorada de él, y vino el entusiasmo por irme a vivir sola, busqué departamento para alquilar y compré, cama, cocina, mesa, sillas, etc. Vivir sola me gusta mucho así que eso me mantuvo entusiasmada un tiempo más, por suerte el tiempo justo que me llevó pagar todas las deudas que había generado por irme a vivir sola.

Y así fue como pasó el entusiasmo del auto, pasó el entusiasmo de vivir sola y pasó el entusiasmo de comprar todo lo que tenía pendiente y pude concretar gracias a trabajar y tener un sueldo. Me sentía como si me fuera desinflando y poco a poco quedando sin energía.

¿Por qué renuncié a mi trabajo?

La rutina se me vino encima, entré en un estado de inconformidad y tristeza constante. Es cómo que todo era igual nada me entusiasmaba, cada vez me pesaba más cumplir el horario de trabajo y me sentía prisionera. Miraba desde la farmacia a la gente que pasaba por afuera y yo no podía creer estar ahí encerrada.

Empezó mi cabeza a funcionar sin parar, y pensar cada vez más en la idea de dejar el trabajo, y ser libre para poder viajar el tiempo que quisiera.

La decisión no fue fácil ni fue de un día para otro, la cabeza me funcionaba a mil muchas veces y otras descansaba. Pero empecé a armar “mi casa móvil” de a poco, a organizar y pensar qué hacer con todo eso que tenía montado y obviamente a saldar las deudas que el propio sistema (o mi insatisfacción constante) me llevó a generar.

Fue un año de acomodar todas esas cosas materiales y no materiales, había miedos, inseguridades, incertidumbre. Pero lo curioso es que estaba totalmente decidida.

Y así fue como renuncié a mi trabajo

Hoy hace mas de un año y medio que dejé mi trabajo, soy libre pero no tengo nada.

 

¿Por qué digo que renuncié a mi trabajo para ser feliz?

Porque:

Me levanto a la hora que quiero.

Hago lo que se me antoja, no uso despertador.

Vivo dónde quiero. Leo las horas que se me canta.

Escribo, escucho música.

Todos los días de la semana son iguales y yo elijo que día para mí es especial.

Si quiero ver una película un lunes a las 10 am la miro (no la tengo que mirar un viernes a la noche).

Si un miércoles me quiero acostar a las 5 am me acuesto.

Si un martes me quiero levantar a la 1 de la tarde también puedo.

Puedo ir un jueves a desayunar a las 11 am a un café y acostarme sin saber que va a pasar al otro día, sin tener una rutina armada.

No tengo que esperar un domingo al mediodía para comer un asado, ni un sábado a la noche para tomar un helado.

Puedo almorzar con mi abuela cualquier día de la semana y estirar la sobremesa el tiempo que quiera.

No tengo que esperar ni feriados ni vacaciones para viajar, y no me acuerdo de qué se trata la depresión post verano.

Puedo elegir el clima en el que quiero vivir, y no esperar a que llegue a mí.

No tengo más esa sensación fea de domingo a la tardecita, si quiero estar un día entero en la cama porque estoy cansada lo puedo hacer o mismo si me quiero pasar un día entero mirando pelis.

Si estoy enferma no tengo que pensar en un certificado médico, no tengo que acatar horarios ni órdenes. Sí un día estoy peleada con el mundo (que suele suceder) no tengo que fingir una sonrisa para nadie.

Pero a veces se me viene este fantasma de pensar ¿hice bien en dejar aquello?, al rato vuelvo a visualizar mi vida de antes y mi vida de ahora y no puedo entender cómo aún me surge ese fantasma, creo que es que está tan instaurado y por tanto tiempo nos hicieron creer que eso era lo mejor, no sólo lo mejor sino la única manera de vivir, que me cuesta desprenderme por completo.

Ahora que llegamos a este punto debés estar pensando que hay algo que no te cierra, y es verdad, la gran pregunta:

¿De qué vivo?

Es real que todo lo que mencioné arriba lo hago, pero también es real que necesito dinero para vivir, estos casi 2 años estuve entre changas y ahorros, pudiendo vivir de esa forma.

Desapegarme de muchas cosas materiales también hizo que necesite menos dinero para vivir, eso es directamente proporcional a menos ingresos, por ende, menos horas de trabajo igual a más libertad.

¿Y de qué me sirvió conocer todo eso?

Me sirvió para entender que nunca más quiero tener un horario fijo de trabajo, que no quiero tener jefe, ni ataduras, que quiero ser libre y sobre todo quiero hacer de lo que me gusta una fuente de ingresos.

Por lo general no suelo tener las cosas muy claras, pero hay dos cosas de las cuales si estoy totalmente segura: vivir de lo que me gusta y que eso me de libertad.

A todo lo que mencioné anteriormente no renuncio nunca más, y la única manera de poder seguir con ello, es teniendo un trabajo que me de la libertad que necesito.

¿Y entonces?

Y entonces este viaje también me está abriendo puertas para encontrarle la vuelta a esto de vivir de lo que me gusta y encima sin tener horarios. Por ahora por cábala no contaré nada más, pero próximamente te contaré de qué va todo eso.

¿Y que relación tiene trabajar de lo que me gusta con viajar y con libertad?

No tienen porque ir juntos, en mi caso esa fue mi fórmula, las ganas de viajar me impulsaron a dejar mi trabajo, una vez lejos de mi trabajo pude ver con claridad que eso para mi vida no lo quería.

Llegó un momento en que me tuve que poner a pensar en volver a generar ingresos, y lo bueno del viaje es que tengo tiempo para pensar, estoy todo el tiempo frente a situaciones que me inspiran y eso hace que mi mente con mayor creatividad pueda elegir mejor.

Las dos cosas que más me ayudaron fueron, el exceso de tiempo libre y el encontrarme con personas súper interesantes en el camino, lo que me llevó a acercarme a vivir de lo que me gusta, vivir de lo que me gusta implica tener libertad, y esta libertad me permite volver a viajar, y así es mi circulo.

Y para ir finalizando te dejo la frutilla del postre.

La hermosa pregunta del millón: ¿Y cuándo vas a sentar cabeza?

En primer lugar si partimos de la base que sentar cabeza es: vivir en un lugar que no me gusta, trabajar de algo que no quiero, casarme con un hombre que no amo, para tener hijos que no busco. Mi respuesta es: nunca voy a sentar cabeza.

Muchos creerán que renunciar a un trabajo y a una profesión es un fracaso, yo digo orgullosa “Renuncié a mi trabajo” y fue el acto con más acierto que hice hasta el momento.

¿Y vos? ¿Cuándo vas a sentar cabeza?

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