Un día de mayo salgo a caminar. Doy un paso… y siento el crujido de las hojas secas, el sol me sigue en cada tramo que avanzo haciendo mi trayecto más cálido. Mi camino no tiene destino. Giro mi cabeza hacia la derecha y encuentro un árbol que llama mi atención, es como si me invitara a sentar. Acepto su insinuación y me acerco. Me paro frente a él, recorro todo su largo con una mirada cómplice haciendo un leve movimiento con mi cabeza de abajo hacia arriba, me estremezco y me convenzo. Utilizo su tronco rústico de respaldo y me siento con los pies aplastando el césped.

Miro hacia abajo y me encuentro con mi sombra en su mayor quietud. Y de pronto, me viene el recuerdo de que cuando era niña y pasaba por una plaza, al ver un columpio mis pies se desorbitaban, corrían hacia él con ansias de por un momento volar. Subía como podía. Los pies no llegaban al piso, pero empezaba a hacer un movimiento de caderas en coordinación con los brazos y las piernas para lograr el movimiento, y así arrancaba, cada vez más fuerte, cada vez más alto. A medida que aumentaba la velocidad y el aire me acariciaba cada vez más fuerte, la adrenalina se encargaba de generar un cosquilleo por todo mi cuerpo, la sonrisa me invadía completamente viendo cómo fluía mi sombra libre en el pasto verde de la plaza.

Hoy me encuentro sentada y quieta mirando esa misma sombra que volaba y se deslizaba por el aire de alegría cuando era niña. Esa misma sombra que hoy desea al menos por un momento dejar de tener los pies en la tierra y volar.

Volar tan alto hasta alcanzar mi sueño, eso que nos extirpan en el momento del nacimiento. Dejándonos en claro que en la vida uno tiene que hacer lo que le toca tratando de subsistir. Y que cuando encuentra algo que le permite tener una vida cómoda, por más que no sea feliz, lo tiene que tomar y dejárselo para siempre. Esperando que la vida pase.

Y pienso que si dejo como cuando era niña que mis pies tomen el control por sobre mi cabeza y solo estén impulsados por el deseo, sin dejar de estar en movimiento, voy a alcanzar ese anhelo, podré dejar atrás los mandatos sociales y las leyes impuestas por esta cultura para ir en busca de un sueño de algo que me haga pasar la mejor vida posible, ya que es la única o al menos de la única que tenemos registro de existencia en este momento.

Vuelvo a mirar hacia el frente y el sol se está escondiendo. Entiendo que era lo que me quería transmitir el árbol, vuelvo a mirar al piso y mi sombra ya no está. Creo que se fue en busca de eso.

Luciana Chippano